¿Por qué di el paso a lo electoral?

Claudia López

Politóloga, Investigadora y Candidata al Senado #10 de la Alianza Verde

Enero 6 de 2014.

No crean que no me da temor pasar del análisis académico a la política electoral. Ser columnista y analista en medios de comunicación es mucho más fácil que ser candidata y Senadora. Inclusive denunciar a mafiosos como Kiko Gómez, ayudar a judicializar 42 parapolíticos y confrontar a Uribe desde la academia y el periodismo es más fácil que meterse a la movediza arena electoral. La primiparada siempre asusta y en un terreno tan hostil como la política más. Pero estoy convencida que estamos en una coyuntura en la que vale toda la pena correr este riesgo y muchos más. ¿Qué coyuntura? La posibilidad de terminar esta guerra absurda e infame de 60 años y de construir una paz incluyente y transformadora. Si logramos desarmar a la guerrilla más vieja del continente, vamos a quitarle un peso a los colombianos pobres y rurales que han pagado esta guerra con su vida, y a la política el mayor obstáculo que impide una democracia incluyente, moderna y decente.

Por cuenta de la guerra contra las guerrillas se ha legitimado el paramilitarismo, las alianzas de toda índole con el narcotráfico, una clase política corrupta, unas elites económicas rentistas, se ha privilegiado la guerra contra las drogas (¡otra guerra aún más estúpida e inútil!) y el “control del orden público” ha sido el mango con el que los gobiernos han manejado el sartén nacional.

La posibilidad de pasar de ese país de la guerra a uno en el que se vayan deslegitimando sus herencias y construyendo nuevas prioridades que respondan a las necesidades y aspiraciones de las mayorías es la coyuntura histórica que vivimos. Toda coyuntura histórica es una suma de circunstancias pasadas y presentes que confluyen en un momento en el que las decisiones que se toman tienen efectos durables y determinantes hacia el futuro. ¿Qué tipo de decisiones? ¿Con qué tipo de efectos? ¿En beneficio de quiénes? Eso depende de quiénes, cómo, para qué, por quiénes, se tomen las decisiones en el momento de la coyuntura.

¡Por eso es que hay que meterse a fondo! ¡O las decisiones las tomarán los señores de la guerra y la corrupción que dominan las listas al Congreso! Y cuando digo meterse no quiero decir solamente como candidato, sino ¡sobre todo como ciudadano y elector!

Por coyunturas similares a la actual ya hemos pasado. Por ejemplo, nuestra maravillosa Constitución de 1991 es el resultado de una coyuntura histórica en la cual por el cierre del Congreso, por el uso por primera vez de la circunscripción nacional, el tarjetón y el acceso a recursos y medios de comunicación públicos para hacer campaña, y por la esperanza generada por el primer proceso de paz, entre otras razones, se logró moderar la influencia de la clase política bipartidista más corrupta y estructuralmente aliada con el narcotráfico y los agentes de cambio más modernizantes tuvieron una ventana de oportunidad para acordar unas reformas y nuevas instituciones modernas y beneficiosas para las mayorías como la Fiscalía, la Corte Constitucional, la tutela, la descentralización, entre otras.

Algo similar pero mucho más profundo puede ocurrir en la coyuntura que vivimos hoy, si nos metemos a empujarla en una dirección conveniente para las mayorías populares, campesinas y urbanas del país. Hoy tenemos el agotamiento de 60 años de manejar y también manipular las prioridades del país con el ‘coco’ de las Farc y 25 años de balance de las reformas derivadas del proceso Constituyente de 1991.

Hoy conocemos mejor las bondades y demonios de la descentralización y tenemos propuestas más claras sobre cómo profundizarla de manera que minimice la corrupción y amplíe la democratización y el acceso a bienes y servicios públicos para la equidad y el desarrollo. Hoy sabemos que no basta con desmovilizar (en los últimos 30 años desmovilizamos 7 grupos armados y la violencia, la corrupción, la desigualdad y el atraso de las regiones siguieron), que lo clave es reemplazar con ciudadanía, seguridad, justicia, infraestructura y alternativas económicas que generen inclusión territorial, económica y política a los colombianos y a las regiones.

El gran desafío del posconflicto no es incluir a 10.000 desmovilizados de las Farc sino a 15 millones de colombianos abandonados en la Colombia rural profunda; a eso me refiero cuando digo que el desafío del posconflicto es integrar a esa Colombia rural con la urbana.

Hoy sabemos que a punta de glifosato no se construye estado sino resistencia al estado. Sabemos que la desgracia es que las FARC son el principal cultivador de coca y el administrador de 64.000 familias campesinas cocaleras (¡las FARC son el quinto empleador del campo!). La oportunidad es que podemos acordar con ellos el mayor esfuerzo mundial de erradicación manual de coca, y de incorporación de esos colombianos a la economía lícita y a la democracia sin violencia. Con las AUC, que eran el mayor procesador, distribuidor y exportador de cocaína, no se acordó nada distinto a una gran impunidad para lavar esa riqueza (que se la quedaron los políticos, testaferros y “empresarios” que primero apoyaron y luego extraditaron a los paramilitares).

Qué dirección y efectos tenga una coyuntura histórica depende de la decisión de cada elector en la serie de eventos electorales sucesivos que se den durante este momento histórico, y sobre todo de la capacidad de acción colectiva de los ciudadanos y los actores políticos durante la misma. Los partidos políticos y movimientos sociales son mecanismos para posibilitar esa acción colectiva.

El partido de mis sueños no existe, pero creo que es posible ir mejorando la Alianza Verde para que sea una plataforma seria y eficaz de acción colectiva de los movimientos sociales y políticos de quienes somos agentes de cambio. En la Alianza que logramos construir y que tenemos que ir ampliando y perfeccionando, confluyen partidos políticos como el Verde, Movimientos políticos como Progresistas y la Unión Patriótica, y organizaciones y líderes sociales como campesinos, indígenas, sindicalistas, mujeres, víctimas del conflicto, animalistas, indignados, ambientalistas y estudiantes.  Confluyen personas y procesos de diferentes regiones del país, del Caribe, de Nariño, del Valle, de los Santanderes, de la Orinoquía, del centro del país; ¡era clave que la Alianza no quedara como un club de cachacos! Muchos nos dicen, con algo de razón, que esa Alianza es un sancocho de personas, regiones e ideológias y que por lo tanto no tiene perfil ni futuro. Opino lo contrario, lejos de ser una debilidad, esa diversidad es precisamente una de sus fortalezas y como tal debemos tratarla.

La real distinción ideológica en la Colombia de hoy no es entre derechas e izquierdas.  La verdadera y quizá única división ideológica en la Colombia de hoy es entre quienes defienden (porque son sus grandes beneficiarios) el statu quo de la guerra, la profunda inequidad, la combinación de “justicia y seguridad” estatal y narcoparamilitar, el abandono de las regiones al manejo de clientelistas y bandidos por no construir en ellas instituciones democráticas, y el régimen político corrupto y atrofiado por la democratización empujada más por el narcotráfico y la violencia que por la inclusión y la desmovilización. En el otro lado estamos quienes somos agentes de cambio que pujamos por la paz (por finiquitar el statu quo de la guerra y sus herencias), la inclusión y equidad económica y territorial, la decencia política, el desarrollo económico urbano y agropecuario con restitución a los despojados,  titulación del suelo, acceso a crédito, infraestructura y trabajo decente, y la construcción de instituciones modernas políticas, de seguridad y justicia que garanticen derechos y deberes democráticos para todos los colombianos, no sólo para los citadinos.

Esos son realmente los dos grandes bloques ideológicos en Colombia hoy. Y cada uno tiene unos desafíos enormes de acción colectiva para prevalecer con su agenda. Nosotros, los agentes de cambio, tenemos 10 veces más problemas de acción colectiva que los del statu quo. Mi gran ilusión con la paz, es no solamente que es lo único sustancial y solidario que le va a mejorar la vida a los 15 millones de colombianos pobres y rurales que han vivido y pagado está guerra infame en su piel, sino que va a abrir mayores oportunidades de acción colectiva y reformadora a los agentes de cambio en beneficio de las mayorías, tanto en la Colombia urbana como en la rural.

Para ponerlo con algunos ejemplos, agentes de cambio somos desde Sergio Fajardo y Enrique Peñalosa, pasando por campesinos como Cesar Pachón, indígenas como Feliciano Valencia, Representantes a la Cámara como Guillermo Rivera (el mejor congresista Liberal en mi opinión), Juan Mario Laserna y David Barguil (dos esperanzas de cambio en el Partido Conservador, dentro de sus cánones), Navarro, Petro, Aida Avella, Mockus y los visionarios  y una gran masa de jóvenes, de hombres y mujeres, de trabajadores y emprendedores, urbanos y rurales que cada vez nos vamos a movilizar más y organizar mejor para presionar por esa Colombia posible con la paz. Esa masa de actores sociales y políticos tiene diferentes grados de organización, influencia, conocimiento, relación y por supuesto visión del cambio; todos somos agentes de cambio, pero no todos entendemos el cambio igual, por ejemplo, unos creemos más en el mercado capitalista, competitivo y bien regulado y otros creen más en el estatismo.

Lo cierto es que la esperanza y capacidad de cambio que podemos aportar todos esos agentes depende de que seamos capaces de COOPETIR entre nosotros y COMPETIR con los del statu quo. De que seamos capaces de construir plataformas programáticas y electorales comunes, que nos den viabilidad electoral y capacidad de influencia colectiva en Ejecutivos y Cuerpos Colegiados en los tres niveles territoriales, de manera sostenida, impersonal, colectiva y trascendente. Estoy convencida que las vías de acción política colectiva posibles en Colombia se parecen más al proceso de La Concertación de Chile o del Frente Amplio uruguayo que a la construcción de un gran partido único como el Partido de los Trabajadores de Brasil.   Y también estoy convencida de que otras vías como las dictaduras militares, populismos caudillistas y socialistas como el de Chávez son indeseables; ¡suficiente hemos tenido de caudillos corruptos y violentos!

Sin que la Alianza Verde sea el ejemplo ideal de una Concertación a la colombiana es una semilla de ese camino, que viene desde la Ola Verde y que tenemos que mejorar y ampliar, en vez de desechar y despreciar. Por diferentes circunstancias la versión actual de la Alianza luce más a la izquierda de lo que mi gusto personal y la pertinencia nacional actual y de futuro requieren; por eso era tan importante que Mockus y Compromiso Ciudadano estuvieran, por eso es tan importante que Peñalosa esté, porque las mayorías que posibilitarán el cambio no son mayoritariamente de izquierda sino de centro y centro derecha. Por eso nuestra prioridad tiene que ser afianzar lo que ya logramos convocar (¡que no fue poco!) y ganar legitimidad electoral y  capacidad de convocatoria para ampliar más la Alianza hacia esos sectores. Afianzar y ampliar la Alianza entre los agentes de cambio de la Colombia urbana y la rural es la combinación clave para que logremos que se concrete una paz incluyente, sostenible y transformadora.

Para aportar a esas claves de nuestro presente y futuro, para construir sobre lo construido, para agregarle conocimiento, pasión y renovación a esa Alianza, para que la vida y los recursos públicos sean ¡al fin! sagrados, para servir de puente de integración entre la Colombia urbana y rural, para que los protagonistas de la política dejen ser los señores de la guerra y pasemos a ser los ciudadanos, para empujar la coyuntura histórica hacia la inclusión y la modernización institucional del país, para eso di el paso del análisis académico a la candidatura. Si, tengo un poco de susto, pero me puede mas la ilusión de que seremos la generación que terminó esta guerra infame y construyó una paz incluyente, moderna y decente para todos.


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