De ciegos, sordos y cínicos

Esta es nuestra columna del fin de semana publicada por Vanguardia y El Nuevo Día. Una semana típica en el Congreso de Colombia: Lunes: aunque 80 senadores firmaron la constancia contra la venta de Isagén, solo 21 respaldaron la moción de censura a su principal promotor, el ministro Mauricio Cárdenas. Muchos usaron de justificación a la paz, el respaldo al gobierno o la solidaridad de cuerpo. La verdad es que la mermelada debilitó su “firmeza”. Martes: Más de un senador de la oposición de derecha, que salió indignado a marchar contra la corrupción el 2 de abril, aparece en los Panamá Papers con empresas off shore para desviar recursos y evadir impuestos en Colombia; ¡Esa corrupción si no les indigna! Miércoles: un empleado de la unidad de trabajo legislativo de un Representante a la Cámara de la U es capturado con más de 600 millones, según las autoridades, de una Bacrim. Conducía un carro del senado rematado en 2014 pero que al parecer se lo autocompró la Directora Financiera de la entidad (cuota de la U y madre del funcionario que lo conducía) pero que no traspasó para que su hijo pudiera conducirlo con plata ilegal y evadiendo el control de las autoridades. Menos mal el Congreso no sesiona ni jueves ni viernes o esta semana de pasión y corrupción podría liquidar el magro 22% que aún le queda de credibilidad según la Encuesta País de Opinómetro. Hay días en que, debo confesarlo, la labor parlamentaria resulta descorazonadora. Pero no porque haya sesiones intensas de debates profundos sobre los temas acuciantes para los colombianos. Sino porque los tiempos muertos, el incumpliminento, los aplazamientos, el exceso de formas vacuas, condecoraciones y escándalos es intolerable. Pese a que cada congresista gana $26 millones, las excusas para no sesionar están a la hora del día: Que se fue la luz, que hay que hablar de paz, que están “haciendo gestión”; dos plenarias se levantaron este año justo cuando había partido de la Selección. Mientras tanto hay 26 proyectos de ley por aprobar en el Senado y 70 debates de control político en la Cámara sin ser programados. Cada vez que se cancelan con excusas las plenarias y comisiones del Congreso se botan a la caneca $2.126 millones que cuesta el Congreso por día laboral y que los colombianos pagaron por anticipado sin recibir la labor legislativa que esperan. Tenemos que encontrar una forma de domesticar a esta clase política que no le sirve al país, sino que se sirve de él, parafraseando al gran Jaime Garzón. La próxima vez que se indigne por el escándalo del día que protagoniza un congresista recuerde que usted tiene el arma más poderosa contra este abuso: su voto libre e informado.

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