Claudia López: Me gusta bailar ‘ras-tas-tas’ y el reguetón me parece lo máximo

¿Tiene usted buen o mal humor?- le pregunto en la mitad de la entrevista. Claudia López mira a uno de sus asesores, como esperando de él la respuesta. Ve que se sonroja y devuelve su mirada a mí. Ríe y también se ruboriza, aunque muy poco. -Sí, yo creo que soy de buen humor -contesta- me río fácilmente hasta de mí misma. De mis ‘primiparadas’… lo que pasa es que soy muy impaciente. Sigue riendo, mira su computadora, mira su celular, e insiste como tratando de dar una razón al porqué muchos la ven como una mujer bastante seria, que frunce el ceño en sus vehementes discursos y se erige como la más valiente de las novedades de este Congreso. Con una puntualidad poco usual en otros de sus colegas, Claudia recibe esta entrevista en medio de los preparativos para su plenaria en el Senado. Tiene al frente un café y una torta que solo va probando en los momentos más dulces del cuestionario. Tiene una mirada fija, segura, cautivadora entre el verde y el azul de sus ojos. Mientras reflexiona sus respuestas prefiere mirar a la ventana y llegar hasta donde más lejos le dé el horizonte. Durante mis preguntas vuelve a revisar su computadora, su celular y no puedo evitar pensar que mientras me atiende, en algún punto de su mente multitareas, está construyendo o perfeccionando las intervenciones que dará minutos después ante el pleno de la Cámara Alta. -¿Cómo que la impaciencia es su peor defecto? Hay cosas que no son defecto, como el que soy rigurosa y muy disciplinada. Pero ser impaciente sí lo es. Eso me ‘vuela el bloque’ en cualquier instante. Soy impaciente en todo. -¿Como en qué? -Odio esperar. En cosas cotidianas soy una persona muy cumplida en manejo del tiempo; lo aprecio. Si algo me produce angustia existencial es perder el tiempo. Este Congreso sí es el sitio para cultivar la paciencia. -¿Por qué? -Todo empieza a destiempos; la gente llega tarde, repite, no se concreta mucho, se discute y no se llega a nada. Pero por algo Dios lo pone a uno en cosas en las que da lecciones, como de paciencia. Esto es parte de lo que estoy aprendiendo y me va a hacer mucho bien. Lo moderaré. Es muy probable que a Claudia López las usuales 12 horas del día de actividad le sean insuficientes. Sabe aprovechar cada instante y tiene una rigurosa disciplina que hasta la acompaña a la cama. No duerme sin leer algún libro y recién despierta lo primero que busca es informarse bien de lo que pasa en el país y el mundo. -¿Es psicorrígida? No lo creo. Pero perfeccionista un poquito. Si las cosas se pueden hacer bien, ¿por qué las tenemos que hacer regular? Para desgracia de la gente que trabaja conmigo tengo esa habilidad de descubrir en 500 páginas el pedacito en la que está el error. Pero soy flexible; soy capaz de entender argumentos de los demás, ponerme en sus zapatos. Psicorrígida no, pero impaciente sí. Claudia, la traviesa Desde siempre le han gustado los deportes. Durante su época escolar practicaba cualquier actividad física. Cuando hacía su doctorado jugaba squash y desde diciembre, en vísperas de su campaña, le gusta montar en bicicleta, salir a caminar y pasear a su perro Matías. Dice preocuparle mucho su calidad de vida. Muy pequeña era una gran jugadora de fútbol. Alguna vez, con unos 7 años de edad y mientras cursaba segundo de primaria, consiguió en un improvisado partido de ‘banquitas’ ganar un ternero. La ruta del colegio la dejaba lejos de casa; como a 20 cuadras. Vivía entonces en el barrio La Granja, en el occidente de Bogotá. Tenía que caminar un buen trayecto. Estaría sola en horas de la tarde pues su mamá, con quien vivía, llegaba en la noche luego de largas jornadas de trabajo como maestra. Por entonces Claudia atravesaba la zona que hoy se conoce como el Parque del Tabora (Engativá). Eran potreros aprovechados por los lugareños para hacer pastoreo. Conoció a un amigo de su edad y frecuentaban juegos de banquitas. “Una vez jugando, él, muy gallito, me dijo que era obvio que me ganaría a mí, una niña. El chico me dijo que apostáramos un ternero y yo creo que le aposté mis libros. Pues le gané y me llevé el ternero para la casa”, recuerda. La hazaña solo la llenó de orgullo y la calificó como el perfecto regalo del día para su hogar. Donde vivía había un patio y allí dejó su nueva mascota, la alimentó y esperó a su mamá para darle una sorpresa. “Vaya sorpresa para ella”, añade Claudia. María del Carmen Hernández llegó exhausta del trabajo como a las 7 u 8 de la noche. “Cuando vio el ternero casi se desmaya. Y comenzó una historia en la que cada cosa que se va diciendo, es un poquito peor a la anterior”. -Mamá, es que me lo gané en una apuesta- explicó Claudia. -¡Cómo que en una apuesta!- dijo su mamá. -Sí mami, aposté con un amiguito con el que jugábamos banquitas. -¡Cómo así que estaba jugando banquitas! -Pero mami, pues es que fue un ratico en el potrero que atravieso cuando venía para la casa. -¡Cómo así que atraviesas ese potrero camino a casa, si te he dicho que cojas otra calle menos peligrosa! Para ver el artículo completo haga clic aquí Crédito: Artículo e imagen tomados de kienyke.com

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